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Publicado: domingo, 11 febrero, 2018

Ermitas de Pego (III): Sant Sebastià

Tercera entrega de la serie de ocho capítulos sobre las ermitas de Pego, elaborada a partir del libro ‘Espais d’Espiritualitat’, editado por el Ayuntamiento de Pego, de Joan Miquel Almela, Ángel Talens y María José Berenguer.

La ermita de Sant Sebastià. FOTO: Blog http://pladelafont.blogspot.com.es

Ubicada en terrenos de la antigua alquería islámica de Benumeia, un núcleo de población anexo a Pego desde la expulsión de los moriscos y hasta mediados del siglo XIX, la ermita de Sant Sebastià es otra de las joyas del patrimonio pegolino, pese a encontrarse en condiciones muy preocupantes en la actualidad que hacen urgente algún tipo de intervención para garantizar su supervivencia.

Restos de la mezquita de Benumeia. FOTO: Sandra Sendra Lillo.

En el libro Espais d’Espiritualitat, el archivero del pueblo de Pego, Joan Miquel Almela, pone de relieve cómo la actual estructura del templo es fruto de una obra barroca de la primera mitad del XVIII, pero hecha sobre la anterior mezquita. Un hecho que permanece aún visible en la fachada, que “se concibió con un estilo colonial similar al de la ermita de Sant Miquel”. Y es que, relata, “en ese momento se pretendía obrar más una iglesia que una ermita”. Y es por eso, también, que su retablo mayor le fue encomendado a Pere Joan Codonyer de Gandia, para sustituir un anterior retablo de Sant Sebastià del fraile Nicolau Borrás. “Más adelante, el 22 de enero de 1779, festividad de San Vicente Mártir, se colocó en el nicho del retablo mayor la imagen de Sant Sebastià, hecha en València por Jaume Molins y lucida por Vicent Cuevas”, añade el archivero.

El siglo XIX fue difícil para la ermita. Primero en 1825, “tiempo de grandes agitaciones sociales y revueltas” -concreta Almela-, su estado de ruina, así como también el de la de Sant Pere de Favara, hizo que ambos templos sirvieran de refugio para los malhechores. “También sabemos que diez años después las cuarentenas se pasaban a Benuemia, pero la junta de sanidad no lo veía con buenos ojos y propuso la casa de Marc Cots en Atzaïla o la de Naia en el Massil. La misma junta decidía que en caso de cólera se destinaran a los enfermos al pósito y la ermita de Sant Josep “.

Hacia el ecuador de aquel siglo Benumeia debía estar ya completamente deshabitada, ya que en 1855 el ayuntamiento, ante la epidemia de cólera que padecía el pueblo, planeó la construcción de un nuevo cementerio precisamente en esta partida, incluyendo la ermita. A raíz de la desamortización de bienes eclesiásticos de ese mismo año, la finca que contenía la ermita -de poco más de dos hanegadas- pasó al Estado, que luego se la adjudicaría en pública subasta a Juan Bautista Almela Seguí. Pero aún cambiaría de manos varias veces en los años siguientes.

En 1881, por compra judicial, la adquirió Asensio Almela Tarrasó, que cuatro años después la permuta por otra tierra con el vicario Jaime Orts Vives. Y éste se la vendería 1892 a su cuñado, el modisto Fernando Cambrils.

Aún durante la gran cólera de 1885, la epidemia que marcó también en Pego buena parte del siglo XIX, “la iglesia de Sant Sebastià fue destinada como lazareto y custodiada por dos guardas”, apunta el archivero municipal.

Según cuenta Almela, la adquisición de la finca por el modisto Cambrils ayudó a que el inmueble religioso resistiera el paso del tiempo. “Sin saber exactamente de quién era propiedad la ermita de Sant Sebastià, el modisto Cambrils se la hizo propia, y él mismo se encargaba de mantenerla y de ornamentarla cuando se celebraba la fiesta del santo; fiesta que pagaba y asumía “. También mantenía la casa adjunta del ermitaño, que en 1909 habitaba Lluís Bay Ferrer.

La ermita según José Gonzalvo, en 1979.

“Sin embargo, en 1906 un concejal del ayuntamiento protestó sobre el aprovechamiento indebido de la ermita y terrenos adyacentes, ya que según él no era de los particulares y había que aclarar si pertenecían al municipio o al Estado”, señala Almela . En cualquier caso, nada cambiaría hasta la muerte de Fernando Cambrils. “En su último testamento, fechado en 1911”, el modisto “dejó la ermita de Sant Sebastià al abogado Rafael Vidal Bas, por la deuda de un préstamo personal que tenía con él”. La ermita y tierra contigua pasó después a su hija Desamparados Vidal García, mujer de Manuel Ortí Olmos, cuya familia aún son los actuales propietarios “.

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