LA MARINA PLAZA

Feslalí Alcalalí en Flor
Periodismo, pase lo que pase
Publicado: lunes, 29 enero, 2018

Alfredo Sanz, 40 años de pasión por la fotografía en 60 imágenes

“Fotografías entre dos siglos”, éste es el título de la exposición con la que Alfredo Sanz muestra en Dénia cuatro décadas de trayectoria fotográfica. Nacido en Teruel en 1947, aunque criado en Dénia, Sanz es un buen exponente de una generación de aficionados a la fotografía que han vivido, entre dos siglos, una revolución en el mundo de la imagen: se iniciaron con cámaras analógicas, que requerían un esmerado dominio técnico en una época en la que el laboratorio de revelado era un espacio mágico; pero con el tiempo se tuvieron que adaptar a las cámaras digitales y lidiar con ordenadores, programas de edición, megas, raws… Una trasformación radical que va más allá de la técnica, pues afecta a nuestra manera de entender, relacionarnos y usar la imagen.

Las 60 fotografías de la exposición nos hablan de este cambio, también de Dénia, de sus habitantes y paisajes, del mar, de viajes, de literatura… Eso sí, con un denominador común: la pasión de Alfredo Sanz por la fotografía, la curiosidad como motor y la complicidad con los que le acompañan en su trayecto.

“La exposición es un homenaje a la fotografía y, como no, a los amigos que me han influido durante estos años”

– “No hay fotógrafos buenos, sino buenas fotografías”

– “En la época del analógico, los que hacíamos fotografía creativa éramos pocos. Nos esforzábamos más, teníamos un carrete de 36 fotos que, a lo mejor, nos duraba dos meses”

-¿Qué te propusiste al plantearte esta exposición?

-Cumplidos los 70 años se me ocurrió que sería una buena idea hacer una exposición retrospectiva con las fotografías que he realizado durante los últimos 30 años. Al mismo tiempo también quería realizar un homenaje a la fotografía a través de mis imágenes y, como no, a los amigos que me han influido durante estos años.

La fotografía ha sido para mí un estabilizador anímico muy importante en momentos difíciles y, además, me ha permitido expresar mi creatividad: cuando ideo una colección, la realizo y veo el resultado, soy feliz.

-La obra expuesta se agrupa en diversos bloques temáticos.

-Sí, y en cada uno hay un breve texto en el que se explica lo que esa serie representa para mí. Hay uno dedicado a Dénia, otro al Mediterráneo, ese mar que tanto me atrapa con su luz, su aroma y color. Otra sección está dedicada a Condenados al Bordillo, llevo cinco años haciendo trabajos fotográficos para esta asociación junto a Paco Adsuar y, puntualmente, Toni Moya. Durante este tiempo he visto la labor que realizan los voluntarios y la felicidad que les aportan. Eso es lo que quiero mostrar con mis imágenes, y reflejar el esfuerzo que demuestran en cada sesión, huyendo de la compasión.

Están también las fotografías que realicé para el libro ‘Los colores de Pascual’, cuyos textos, cuando los leí por primera vez, me emocionaron. Pascual tiene una mente lúcida y estoy muy orgulloso de que él quisiera que mis fotografías ilustraran sus colores.

Así mismo, hay un bloque dedicado a un proyecto fotográfico reciente que le he dedicado a García Lorca y su obra “Bodas de Sangre”. Otra sección muestra algunas de las fotografías premiadas en concursos, también hay una formada por cuatro imágenes de la posidonia y otro bloque con fotografías de los viajes y salidas que hemos hecho en el Fotoclub. Por último, encontramos un grupo de fotografías de diversas colecciones más recientes.

-¿Cuál ha sido tu trayectoria?

-Tocar distintas modalidades me ha permitido evolucionar y no estancarme. Seguramente esto también significa que soy aprendiz de mucho y maestro de nada.

Fotografía de la serie “Bodas de Sangre”.

Empecé con la fotografía de paisajes, que es lo más recurrente cuando uno comienza, pero también es lo que más decepciona.  En la exposición hay muy pocas imágenes de paisajes de mis primeras etapas, pero sí de la última en las que me recreo en la creatividad y descarto el realismo. He hecho también  retrato, fotografía de calle y de viaje, por distintos lugares del mundo.

Estos últimos años, he optado por la fotografía más creativa y estoy disfrutando con nuevos proyectos, como el que te he mencionado de Lorca y, como no,  fotografiando el mar. He realizado una colección sobre la posidonia, una planta que siempre me ha atraído desde la primera vez que buceé de niño.  Ese verde se me grabó grabado en el cerebro. Me encanta su movimiento con las olas y esos contraluces que te permiten mucha creatividad. Llevo años fotografiándola porque me resulta muy atractivo y fácil. Suelo bañarme en el mar acompañado de una pequeña cámara sumergible.

-¿Cómo fueron tus inicios en la fotografía?

-Empecé haciendo fotografías antes de casarme. En agosto de 1968 trabajaba en una inmobiliaria de Xàbia. Contrataron a un fotógrafo joven, cubano, colaborador en la revista Life para hacer los catálogos y folletos de la empresa y a mí me tocó acompañarlo para mostrarle los paisajes y las casas que debía fotografiar. Tenía una cámara Rolleiflex de 6 x 6  y así me empecé a interesar.

Luego la empresa me dio una cámara, una Yashica MG1, que se puede ver en la exposición, para que hiciese yo las fotos de las casas. Tras esa experiencia pasé a realizar fotos de mis hijos, de viajes… pero llegó un punto a principios de los 90 en que me empezó a interesar mucho el blanco y negro. Pepe Montenegro, ya por entonces un experto, fue quien me abrió las puertas de su laboratorio. En el otoño de 1990 decido entrar en el Fotoclub  para trabajar la fotografía creativa, más de autor, y empieza una nueva etapa. Me cautivaba el laboratorio, su soledad, su olor y ver, lenta y laboriosamente, cómo aparecía la fotografía en la cubeta. Empecé a comprar revistas y a estudiar a los grandes maestros, adquirí libros para conocer su obra. De nuestro entorno me fijaba en Pepe Montenegro y, por supuesto, en Paco Adsuar, que ha sido mi  gran referencia.

-Desde entonces has sido uno de los miembros más activos del Fotoclub Dénia.

-Para mí ha significado mucho. Fue el punto de inflexión para que me iniciara en la fotografía creativa. Seguramente sin el Fotoclub me hubiera dejado llevar y no hubiera tenido continuidad en el laboratorio, lo que finalmente me habría limitado. Ha sido fundamental. Además, está la relación intensa con los miembros que lo formaban a principios de los 90 y  todavía más con los que aún continúan.

Hay quien tacha al Fotoclub Dénia de ser un coto cerrado. Aceptamos la crítica, pero creo que no es realmente así: somos un grupo de amigos que entendemos nuestra asociación de una forma determinada y no creemos que para una persona que empieza seamos ahora mismo el grupo adecuado. A principios de los 90 montábamos cursos y muchas actividades, por el club pasaron infinidad de alumnos que comenzaron haciendo el curso de iniciación a la fotografía y que, poco a poco, fueron dejándolo. A pesar de eso, en los últimos años se ha incorporado gente joven, por ejemplo Fran Martínez que tiene 20 años, Paco Serra, Fran Gallego e Inés Adamzykc,  gente que siendo joven nos acepta como somos, con nuestras limitaciones.

Ahora en Dénia se ha abierto otro fotoclub, que es Cambra Fosca,  y que como los fotoclubs de Xàbia, Gata o Calp, montan cursos, talleres, salidas abiertas… Los considero más apropiados para aquellos que buscan iniciarse en actividades fotográficas de toda índole.

-El día de la inauguración de la exposición, en la presentación, rendiste un cálido tributo a todo aquellos que han influido en tu trayectoria fotográfica.

-Sí, esta exposición también es un homenaje a ellos. En primer lugar a John Cabrera, un icono para mí con el que he debatido mucho de fotografía e, incluso, me he atrevido a rebatir argumentos fotográficos,  siempre de forma respetuosa. Era una persona entrañable y muy dialogante que todavía echo mucho de menos. Su ironía británica y su amable trato me dejó un gran vacío. A través de su esposa Irene, he querido rendirle un pequeñísimo homenaje. Somos muchos los que nos acordamos de él. El artículo de Arturo Ruíz en vuestro diario rememorando su personalidad y trascendencia para Dènia me emocionó hasta el llanto.

También, como no, a mis amigos del Fotoclub: Pepe Montenegro, que me abrió las puertas del laboratorio; Paco Adsuar, repito,  un referente para mí por su dominio del blanco y negro; Maribel Ballester, una grandísima fotógrafa poco conocida; Toni Moya, que es un crack  no solo con los paisajes, sino también un virtuoso en fotografía creativa; Victoria Sauco, que domina, con mucha sensibilidad, la fotografía de arquitectura  y de larga exposición; el Peke, uno de los grandes profesionales de la Marina Alta; Hector Aura, un gran fotógrafo muy perfeccionista…  En fin, a todos ellos les debo mucho, también a otros miembros del Foto Club que no estuvieron presentes y también me rindo a su talento y creatividad. En las salidas disfrutamos mucho de la fotografía, de la gastronomía y de nuestro profundo compañerismo.

Por supuesto a Marijose, mi mujer, porque tiene un ojo crítico muy acertado. También a dos grandes fotógrafos como los hermanos Rodríguez, Román y Rodrigo, ambos tan queridos y entrañables para mí, así como a Juan Fleche y Jake Abbot, Pelut y Pelat, dos fotógrafos de mucha categoría en los que me apoyo en la impresión de fotos de alta calidad.

-Formas parte de una generación que empieza en los 70. ¿Qué recuerdas de los de aficionados a la fotografía en Dénia de los 40, 50 y 60, unas décadas en la que era inusual tener una cámara?

-De cuando era niño y joven recuerdo a Bernardo Serra y a Pepe Moll, que trabajaba en la notaría. Ambos tenían un buen archivo de cine y fotografía. Mi padre también era aficionado y llegó a tener un estudio de fotografía en Teruel, no realizó tanto paisaje sino fotografía familiar. Conservo todavía parte de su fondo fotográfico,  pero no le alcanzó para verme de fotógrafo porque murió antes de que calara mi afición.

Lógicamente había grandes profesionales tales como Marsal, un reconocido fotográfo de la época de principios de siglo, no sólo a nivel local sino también a nivel nacional, y otros como Guillén, Rovira, Julian Mateos.

De los posteriores, mayores que yo, con el que más contacto he tenido es con Pepe Montenegro, que tiene un banco de imágenes impresionante de los años 50 y 60 que dan para dedicarle no una exposición, sino varias, que muestran otra Dénia. Es un gran fotógrafo que sigue haciendo fotografía analógica con 81 años y al que le debo mucho.

En los años 20 encontramos las fotos de Les Rotes y Dénia que realizaba una familia noruega, los Milnes, durante sus vacaciones y que quedaron recogidas en un fantático libro que se publicó hace unos pocos años.

-¿Cómo viviste el revolucionario tránsito de la fotografía analógica a la digital?

-Al principio, en el Fotoclub  éramos muy escépticos con la llegada del digital. Recuerdo el gran debate que se creó poco después de mi integración a favor o en contra del autofocus, imagínate. Un día, Héctor Aura nos trajo una fotografía digital donde los píxeles eran como azulejos. A todos nos pareció que aquello nunca alcanzaría la calidad de la fotografía analógica, que no tenía futuro.  Como Fotoclub hemos funcionado bien, pero como adivinos fuimos lamentables.

Ahora en cambio ya manejamos los programas de edición y es maravilloso estar sentado delante del ordenador que te permite fácilmente el control sobre la imagen, pero echo de menos  esos ratos y esa emoción del laboratorio.

-Desde que empezaste hasta ahora ha cambiado mucho la afición a la fotografía.

-En la época del analógico, los que hacíamos fotografía creativa éramos pocos. Nos esforzábamos más, teníamos un carrete de 36 fotos que, a lo mejor, ¡ojo!, nos duraba dos meses,  lo que exigía que cada foto fuese muy pensada. Ahora se ha democratizado mucho, lo que permite que todo el mundo pueda tomar fotos, pero también se ha banalizado considerablemente. Hoy en día lo que vale de la fotografía es la inmediatez, hacer una foto para colgarla enseguida en Facebook, Twitter o Instagram, vamos,  una fotografía de hacer y tirar.

Lo que digo no se debe entender como una crítica. Acepto que la evolución de la sociedad es así. Mi hija María, por ejemplo, es una maestra en Instagram, allí tiene  más de seis mil seguidores,  y muchísimas  de sus fotos han sido premiadas hasta por entidades internacionales y han llegado a obtener más de un millón de likes, pero ha impreso muy pocas en papel. Sin embargo, a mí me sigue seduciendo el atractivo de la copia. Esta es otra de las diferencias.

-Hay quien afirma que, a pesar de que en la actualidad se realizan más fotografías que nunca, se tiene menos cultura visual.

-Hay un principio importante que siempre he mantenido: no hay fotógrafos buenos, sino buenas fotografías, es decir, cualquier persona en un momento determinado puede hacer la fotografía del año y publicarla con éxito, porque ha estado en el momento justo y en el lugar adecuado y porque ahora todas las personas vamos armadas con un mecanismo que nos permite hacer una foto al instante. Los medios en muchos casos ya no envían fotógrafos profesionales a cubrir una noticia, se nutren de vídeos y fotos realizadas por aficionados que pasaban allí. Ahora aceptamos que se publiquen fotografías desenfocadas, mal expuestas y mal compuestas porque lo que prima la inmediatez.

Es posible que haya menos cultura visual. La masificación de la fotografía conlleva la banalización y se le da menos valor. Hay casos curiosos: fui a ver un partido con mi nieto al Nou Camp y me encontré que mucha gente se pasaba más rato haciendo fotos y vídeo con sus móviles que disfrutando del juego. Por otro lado,  los selfies  invitan mucho al narcisismo y a la vanidad.

De todas formas la fotografía no ha perdido encanto con la llegada de lo digital, a pesar de lo que presagiábamos algunos adivinos hace unos años. Al final hay algo que es fundamental: todas las personas miramos  lo mismo, pero no vemos lo mismo, el resultado dependerá de la mirada y la sensibilidad de cada uno. Como dice la frase de Robert Frank que comenté en la presentación de mi exposición: “Lo importante es ver aquello que resulta invisible para los demás”.

-La exposición “Alfredo Sanz, fotografías entre dos siglos”, se puede visitar en el Centre d’Art L’Estació de Dénia hasta el 18 de febrero.

-Para conocer más a fondo la obra de Alfredo Sanz, se puede visitar su web y blog.

Imágenes de la inauguración

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