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Publicado: lunes, 22 enero, 2018

In memoriam de un hombre bueno, Jose Miguel Gómez Rico

ANDREU MUT, CINE-CLUB PESSIC.

Siempre da rabia cuando se muere una buena persona, siempre. Es inevitable indignarse con la mala suerte cuando se van de repente aquellas personas que nos han dejado impronta en la vida y más, todavía más, si lo hacen justo cuando no tocaba, cuando empezaban a poner en marcha y florecer aquellos proyectos que sólo se pueden llevar a cabo una vez pasada la madurez.

Jose Miguel Gómez Rico llegó a Dénia desde Alicante traído de la mano de la aventura para poner en marcha una televisión local y se convirtió, como tantos otros visitantes temporales, en un vecino más enamorado de nuestra tierra. No era de los más llamativos, es cierto, pero sí de los más activos.

Jose, el del Pessic, trabajó como proyeccionista en la mayoría de las cabinas de la comarca, principalmente para el Cine-club Pessic (donde “sufrió ” un montón de pelis coreanas), el cine Condado (con un extraño proyector de 70 mm), el Autocine Drive-In y, finalmente, con la llegada del imperio analógico, en los cines del centro comercial. Además de todo esto, en verano también lo podíamos ver en las plazas de La Marina con un equipo portátil de 16mm. De hecho, en 1997 batió su “marca personal” proyectando la misma copia de “Titanic” 64 veces consecutivas por todos los pueblos de la comarca.

Jose Miguel Gómez Rico en el Pessic

Jose, el cámara, siempre presente y siempre invisible, además de sus trabajos para la BBC (bodas, bautizos y comuniones, como decía él mismo), también grababa y editaba en el estudio de su casa todo tipo de vídeo comercial, convirtiéndose silenciosamente en una pieza importante de la cultura local grabando los desfiles a las fiestas (especialmente las de Moros y Cristianos), la Flexió Verbal y otras manifestaciones culturales de Dénia. De hecho, en su archivo personal está incluida gran parte de la memoria de los últimos años del siglo pasado y parte del nuevo.

Jose, el maestro, siempre estaba dispuesto a enseñar su oficio a cualquiera que se acercara por la cabina de proyección o le preguntara cuando estaba grabando por la calle. Por otro lado, con paciencia de relojero, también volvía a poner en marcha todo tipo de reproductores de vídeo de todos aquellos formatos ya hoy desaparecidos (Betamax, VHS, 2000), pasando las viejas cintas de súper 8 a vídeo y, un poco después, con la inexorable lógica de los tiempos que nos ha tocado vivir, pasar de analógico a digital.

Jose, el de la Flexió, miembro desde los inicios de La Flexión Verbal, estuvo allá como técnico, apoyando audiovisual a todas aquellas propuestas teatrales por más arriesgadas o absurdas que pudieran parecer y, también, todo se ha de decir, colaborando en la puesta en marcha de numerosos cortometrajes de forofos al cine que querían experimentar en sus carnes la dificultad que comporta querer contar una historia con imágenes sin tener demasiados duros al bolsillo.

Grabando, editando o proyectando y, en muchas ocasiones, las tres cosas al mismo tiempo, él era “el hombre que siempre estaba allá”, uno de aquellos que trabajan cerrados y a oscuras para garantizar que la fiesta de los otros no deje de tener su mágica luz y de los que se encargan que ningún recuerdo feliz se pierda inevitablemente en el tiempo.

Pero Jose Miguel Gómez Rico era, ante todo, buena persona. Uno de aquellos que pasan con poco y se alimentan de ilusiones románticas que acaban por contagiar a los otros con una sonrisa perpetua en los labios. Un hombre “no muy alto”, inteligente, sensible y generoso, el maestro que nos enseñó a muchos a sacar la luz de la oscuridad y a esparcirla por todas partes.

“Jose Pessic”, ilustración de Abel Jiménez

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