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Publicado: Lunes, 4 Septiembre, 2017

Dunkerkes

ELECTRA PELUFFO

No podía entender lo que se decía, pero, aunque pequeñita, escuchaba, hablaban de política (?) me decían. Buenos Aires,  siglo XX, años 40.

Lo que recuerdo son todo trocitos que luego, años después, se unieron a otros más concretos, de primera mano, más cercanos y juntos -o juntados- compusieron un cuadro quizás homogéneo. Entendí, entonces, casi todo, siempre quedan fragmentos que…

Foto de Electra Peluffo en los años 40

En mis recuerdos-retazo no hay punto de partida, ni invasión de Polonia ni Pearl Harbour. Yo llegué en 1936, mi archivo interno comienza en las charlas que mi padre y sus amigos, todos políticamente activos, sostenían en casa o donde fuera, para hablar de…¡POLÍTICA! que en la época me parece que básicamente consistía en comentar, opinar, presagiar, la evolución de la guerra mundial. Así supe que Hitler y los alemanes no nos eran simpáticos, tampoco los italianos fascistas, sí lo eran ingleses y franceses y más tarde los rusos. Pasaba el tiempo, yo crecía, ya leía los titulares de la prensa, inasibles, incomprensibles para mí, pero leía. Con los años entendí que no era sólo la guerra sino el componente emocional: nosotros los porteños, en masa descendíamos de europeos, ahora en guerra, y algunos aún no nacionalizados en el país, al igual que en la Gran Guerra del 14, eran llamados a filas por sus gobiernos, entonces ¡cómo no iban a tener presente el conflicto! Y para los argentinos nativos, hijos de europeos, la guerra era EL TEMA de las conversaciones, se trataba de sus padres.

Tenía yo 4 años cuando la emocionante y eficaz operación británica de Dunkerke para salvar 300 mil muchachitos-soldado. Recuerdo vagamente alguna foto de prensa, entre tantas otras, sobre la epopeya y ahora, la película de Nolan me explica todo. Los aliados victoriosos dieron ánimos a mi papá y sus amigos. Pero aún faltaba “otro dunkerke” terrible, asesino, nada victorioso, el del desembarco normando. Más fotos de prensa.

Foto de la Batalla de Dunkerque

El interés por esa guerra ya acabada, pero contradictoriamente aún en curso, se renovó siendo ya estudiante en la Universidad: teníamos un compañero italiano, como veinte años mayor que nosotros que nos contaba sobre su vida. Un italiano en Buenos Aires en la posguerra europea no era ninguna novedad pero este hombre era estudiante de medicina junto a nosotros y de a poco fuimos escuchando su relato, que contradecía muchas de nuestras certezas y abría campos de dudas. Había sido soldado del ejército italiano en África, cayó prisionero de los franceses, que lo internaron en uno de sus campos de concentración en la zona. Nos costaba creer que hubiera habido campos de concentración que no fueran alemanes, pero sí, los hubo, este era francés y pasaban en él cosas semejantes a las de los presidios europeos. Aumentaba nuestro asombro, crecían nuestras dudas, en realidad nuestra ignorante inocencia era inmensa. Acabada la guerra nuestro ahora compañero de estudios, fue liberado y toda su familia emigró a Argentina. En su El Mundo de Ayer, señala Stephan Zweig que la ventaja de las emigraciones al continente americano fundamentalmente se debía a la ausencia de fronteras, era el océano, liso, indiviso. En cambio en tierra europea cada pocos kms, poquísimos a veces, emigrar era/es cruzar fronteras: riesgos, peligros, incomprensiones…

Sin embargo, estos relatos de primera mano, modificaron muy ligeramente mi  posición ante la guerra, las guerras. Ya estábamos en la siguiente: Corea.

El “segundo” dunkerke se vistió de largo para mí cuando un paciente inglés en mi consulta de Denia, hablando del tema bélico, sacó de su cartera un poema escrito por su amigo del alma, soldado de 20 años, músico, en el que describía su estado de ánimo en el abordaje de la costa francesa ante una muerte casi segura…como fue. Mi paciente guardaba desde hacía cuarenta años ese fino poema nostálgico de tiempos de paz, y aún lloraba a su amigo al ritmo del recordado canto de la trompeta. Cuando otorgas caras y datos a los acontecimientos, es como si estos se pusieran de pie, los ves, entiendes.

La consulta en Denia, mediterránea periferia de Europa, me proporcionó a través de los pacientes alemanes, ingleses, españoles, holandeses, franceses, ya sesentones y más, información verbal y física de la contienda. Podía ver en ellos las dolientes huellas que la vida de trincheras heladas había dejado en sus cuerpos, pertenecieron a ambos bandos, la guerra no distingue, unifica, uniformiza: las heridas son monótonas, sin imaginación, rusos y alemanes están hechos de parecida materia. Así, para mí, la “política” de mi papá y sus amigos, se convirtió en una realidad con nombres y apellidos, cicatrices, desengaños, secuelas de bombardeos, minusvalías teñidas de patriotismo, odios ocultos, ocultados, inconfesos…

Por eso no me sorprendía que fuera a veces difícil la convivencia en la sala de espera de mi consulta. En una oportunidad durante la conversación entre algunos de los ahí sentados, por lo que fuera un alemán se levantó con el brazo en alto, gesto inmediatamente respondido por una anciana francesa que, de pie y sacando pecho, con clara voz entonó allons enfants de la patrie… No charlaban en paz ¡no! todo seguía vivo, treinta, cuarenta años después. Y creo que aún sigue vivo, heredado por hijos, nietos en la unión (?) europea. ¿Memoria histórica? La contienda continúa, es inútil esperar la desaparición de todos los que recuerdan, nacen otros que recordarán la siguiente batalla.

Viene a mi memoria un paciente alemán acompañado de su esposa, muy cariñosa, pacifista, que se casó con su novio cuando volvió amputado de ambos metatarsos y dedos congelados en una trinchera de Stalingrado, en la que “cenar” era recibir cada noche una tableta de chocolate y una botella de cognac. ¿Cómo batallar convencido en esas condiciones? Cuando se quitó los zapatos comprendí el origen de su dolor de espalda…caminar sin dedos es cosa de equilibrista, y nadie supo enseñarle cómo. Autodidacta.

Henchido de patriotismo y con zapatos bien peculiares llegó a mi consulta un profesor español de física que en otra trinchera en Rusia, también perdió los dedos de los pies, caminaba a saltitos, perteneció a la División Azul y creo que a su manera, aún pertenecía. Pero todo esto movía a emociones entremezcladas para mí que conocía la guerra por los periódicos o los noticieros en el cine. Visité Dresde y recordé, casi como una revelación, un titular de prensa de cuando tenía 8-9 años que naturalmente en ese momento no me dijo nada: “el ejército soviético cruzó el Elba” o algo así. El Elba, un río, Dresde a sus orillas, ah! y… Comprendo ahora que eso constituyó un triunfo importante contra los nazis pero, para quien quedaba amputado de los pies o de lo que fuera, cruzar un río significaba perder el futuro, la valía y utilidad personal, todo eso junto, o simplemente la vida.

También vino a mi consulta una opulenta señora judía: abrigo de pieles, sortijas de distinto tamaño de brillantes, número tatuado en el brazo, ay! que recibía una pensión del estado alemán o Cruz Roja u otra institución, al igual que gran cantidad de judíos sobrevivientes, otra vez ay! y solicitaba el reembolso de cuantos gastos su salud requiriera. ¿Reparaba algo esa justiciera retribución?

Y otro paciente mayor, lúcido, inteligente, que aún peleaba su guerra por cuenta propia y se enfadaba mucho contándome casi a gritos, los “disparates” de ambos bandos de los que había sido testigo por su situación dentro del ejército.

En Denia casi al final de Las Rotas, un camping propiedad de alemanes atraía a muchos compatriotas turistas y a veces me llamaban por algún paciente. Los dueños, al acabar la guerra vivieron en Argentina, en Patagonia y luego reemigraron a Europa, a España. No me costó mucho trabajo elaborar un mapa y calendario sobre el periplo que narraba este matrimonio alemán con dos hijos. Uno de ellos vive aún en Dénia. Su padre calzaba siempre botas altas de militar y llevaba en la mano una fusta que agitaba autoritariamente cuando no lograba aquello que necesitaba o quería. En el mercado municipal esa fusta bailaba infatigable ante cada puesto donde se demoraran en servir lo solicitado. Había prisa: a las 12 horas en punto debía iniciarse cada mañana el concierto de marchas militares alemanas que ponía en conmovido movimiento a la feligresía del camping, todos encantados ¡oh viejos tiempos! alten Kameraden, entre los que algunos lucían en la cara, con naturalidad no carente de cierto orgullo -¿arrogante?- la gran cicatriz de los estudiantes de Heidelberg.

Estos encuentros con protagonistas de uno y otro bando de la guerra para mí tan distante en tiempo y espacio, pero también tan troquelada en mi memoria, significaron  valiosa ayuda para colocarme en la realidad en la que ahora vivía desde España: idiomas, diferencias, culturas litigantes entre sí, primitivismos coetáneos con desarrollos materiales y culturales…traían a mi memoria a mi papá y sus amigos hablando,  mientras en Europa…

Se sostiene que es políticamente incorrecto no tomar partido, que en la vida hay que posicionarse, pero confieso que fui incapaz de interrogar a mis pacientes sobre su filiación política antes de atender sus dolencias.

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