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Publicado: Jueves, 23 Febrero, 2017

Proyéctalo y se curarán

JAVIER JUSTO MONCHO.

«A una semana de someterse a su operación de cambio de sexo, un transexual descubre que tiene un hijo, fruto de su única relación hetero». Este es el argumento de Transamerica, una comedia estadounidense dirigida por Dunkan Tucker en la que se trata este «polémico» tema de forma muy natural y evitando todos los tópicos que se pueden encontrar en otros largometrajes cuyo único fin es provocar la carcajada del espectador ridiculizando a estos personajes. Pero, ¿por qué es un tema polémico?

 Hemos vivido un largo periodo teocentrista en el que el prototipo de persona tenía que ser acorde a la doctrina religiosa de turno, en nuestro país la católica, pero también ocurre con otras como el islam. Este modelo humano es aquel que le atraen las personas del sexo opuesto para conseguir su fin natural: la reproducción. Todo lo que no cumpla estos requisitos lo hemos marginado durante años, convirtiendo un simple tema en tabú. En otras épocas también fuertemente religiosas no pasaba esto. La mitología griega y romana está llena de dioses y héroes, diosas y heroínas, los cuales mantienen relaciones sentimentales con personas del mismo sexo.

¿Y qué pasa con la transexualidad? ¿Por qué ha estado tan apartada de la cultura popular? Al parecer nos costó más comprender de qué se trataba. Un error común es confundirla con el travestismo, pero lo cierto es que lo único que tienen en común son las tres primeras letras de la palabra. El travesti simplemente disfruta vistiéndose con ropa propia del género opuesto. Es decir, un travesti es una persona que viste diferente al canon aceptable en la sociedad, por lo que tiene tanto en común con un transexual como un punki o un emo.

 La Asociación Psiquiátrica Americana define la transexualidad como «disforia de género» o trastorno de identidad, personas que tienen una contradicción entre su identidad sexual o identidad de género en contraposición al sexo biológico de su anatomía y cromosómico. Éste es el diagnóstico psiquiátrico. Esto quiere decir: enfermedad mental.

Pues, sinceramente, yo no lo veo así. La enfermedad mental está muy bien representada por Alfred Hitchcock en el famoso thriller Psicosis, en la que Norman Bates se viste con ropa de mujer para acometer varios asesinatos. Al final de la película, durante el juicio, una persona pregunta si esta forma de vestir para realizar sus crímenes es debido a que es travesti o transexual, a lo que le contesta el psiquiatra que no, que Bates tiene un trastorno de personalidad el cual le lleva a actuar en ocasiones como su madre, imitando su voz y la forma de vestir. ¡Esto sí es una enfermedad mental!

 Tanto en el cine como en la vida real deberíamos normalizar estos temas para dejar de ver enfermedades inexistentes y empezar a vernos como seres humanos. Poco a poco la gran pantalla va abriendo los ojos al respecto. Tampoco hay que hacer que el tema gire en torno al transexual, como ocurre en Boys don’t cry en la cual vemos a Hilary Swank intentando hacerse pasar por un chico, sino como en Carne de neón, conseguir quitarle importancia, ser un personaje más para poder ser una persona más.

 «Después de mi operación, ni siquiera un ginecólogo será capaz de detectar nada fuera de lo normal en mi cuerpo. Seré una auténtica mujer. ¿No le parece extraño que la cirugía plástica cure una enfermedad mental?», contesta a su psiquiatra la protagonista de Transamerica.

Se pueden leer más artículos de Javier Justo en este enlace de nuestra sección de opinión

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