LA MARINA PLAZA

Xàbia Negra 2017
Periodismo, pase lo que pase

El largo camino de Pepa Font

EDITORIAL

  • Después de haber firmado la moción de censura de 2008 y haber gobernado junto a un PP con el que siempre marcó distancias, la líder de CU convive ahora con la izquierda después de que un alcalde socialista le haya encargado gestionar parte del proyecto de ciudad gastronómica de la Unesco

Pepa Font cuando compartía gobierno con Kringe, junto a Miguel Llobell y felicitando a Grimalt tras la victoria socialista de 2015.

Hay un hecho del pasado que ayuda a comprender muchas cosas del presente: allá por 2008, después de quedarse en minoría por la deserción de Juan Collado, el gobierno de Paqui Viciano y Pau Reig firmó una especie de acuerdo con la líder de Centre Unificat, Pepa Font, con el fin de evitar el naufragio de una moción de censura que se presumía inminente. No salió bien. Poco después, y en un clima de enorme crispación política en el que unos y otros no paraban de recriminarse oscuros intereses urbanísticos, la propia Font fue una de las firmantes de la moción que desalojó a Viciano del poder y encumbró a la Alcaldía a la popular Ana Kringe.

Sin embargo, Font nunca disfrutó de aquello. O no demasiado. Fue la única de las caras visibles de aquel nuevo gobierno del pentapartito que, minutos después del pleno casi bélico en el que Kringe tomó la vara de mando, abandonó el ayuntamiento y evitó los brindis y las celebraciones de los demás. La líder de CU mostraba aquellos días una cara desdichada, como si se hubiera visto obligada a hacer algo que en realidad no quería hacer.

La razón, que Font nunca se llevó bien –ni se fió– de algunos de los miembros del gobierno surgido de la moción de censura al que perteneció. Jamás tragó al líder del entonces PSD –marca hoy heredada por Ciudadanos– Juan Sancho.  Y, por supuesto, casi siempre se llevó a matar con Kringe, lo cual es comprensible porque fue Kringe quien la apartó del PP –donde Font había comenzado su trayectoria política–, quien la mandó al destierro obligándola a fundar un partido más pequeño como CU y quien en suma enterró las posibilidades de Font para ser lo que Font siempre quiso ser: alcaldesa de Dénia.

Aún así, a partir de aquel tremendo 2008, Font se labró su propio camino: como ella era imprescindible para mantener la estabilidad política del pentapartito, tenía cierto tirón popular, se llevaba bien con lo mejorcito de la sociedad local y era una de los escasos cargos públicos que conservaba una imagen respetable en aquella época en que la política de Dénia se hacía a grito limpio y amenaza de juzgado, se convirtió en la mujer fuerte tanto de aquel gobierno de 2008 como del que tras las elecciones de 2011 formó ya solo con Kringe, sin Sancho ni Collado.

En esas dos legislaturas, Font detentó áreas de mucho calado: Planeamiento Urbanístico, Turismo o Cultura. Lo hizo a su aire, manteniendo sus propias parcelas de poder e intentando siempre desvincularse del PP. Tanta libertad le pasó factura. Como es bien conocido, poco antes de las elecciones de 2015 Kringe, celosa del tirón electoral que Font pudiera haber acumulado, rompió el pacto de gobierno con ella y la mandó a la oposición.

Antes de esa ruptura, entre 2008 y 2015, la gestión de Font cosechó luces y sombras. Fracasó en Urbanismo porque no pudo (o no le dejaron) elaborar el ansiado Plan General. Salió más que airosa de Cultura. Y captó su mejor botín en Turismo, al lograr un hito histórico para un municipio que casi nunca gana nada: la designación de ciudad gastronómica de la Unesco. Todo ello pese al escepticismo de sus enemigos y las puñaladas por la espalda de algunos supuestos amigos que intentaron imponerle otra estrategia turística repleta de montañas. Pero Font se granjeó la complicidad de los empresarios de la Aehtma de Cristina Sellés y a París le pareció bien.

Tal logro, sin embargo, no le deparó un buen resultado en las elecciones de 2015, quizás porque cometió un error al aliarse con otra de las formaciones participantes en la moción de censura de siete años antes, la Gent de Dénia de Miguel Llobell. Aquella alianza, que sobre el papel parecía inteligente, en realidad le restó a Font la imagen de independencia que siempre se había labrado y la asoció demasiado con las antiguas guerras de la moción de censura.

Eso y el empuje devastador de marcas como Podemos, Compromís o Ciudadanos le comió mercado electoral por todos lados y dejó con sólo 2 ediles a GDCU, la nueva marca de Font y Llobell de nombre por cierto bastante desaconsejable para cualquier especialista en marketing político. Pero sobre todo, frustró el nuevo objetivo de Font: seguir siendo imprescindible en la política local. Las nuevas matemáticas electorales evitaron que Vicent Grimalt la necesitara para formar gobierno como antes sí la había necesitado Kringe. A Grimalt le bastó en cambio con el Compromís de Rafa Carrió.

El largo camino circular emprendido así por Font, volver a aproximarse al centro-izquierda de la ciudad después de su divorcio con el PP, pareció quedar interrumpido. Font, dicen, se planteó incluso marcharse a casa.

Pero he aquí que ahora Grimalt la ha convertido en delegada especial del proyecto Dénia Ciudad Creativa de la Gastronomía . No es que Font vaya a llevar ella sola esta aventura bajo la luz de la Unesco. Pero, bajo la disciplina del alcalde, sí parte de ella. Es de lógica entender que la noticia ha sido bien encajada por la patronal de la ciudad. Font, con los empresarios gastronómicos –los únicos que ahora mismo hacen dinero aparte de alguna inmobiliaria suelta–, siempre se llevó bien.

Una jugada inteligente para Font y para Grimalt

Así que al final la estrella de Font, eclipsada tras las elecciones de 2015, resurge. En realidad, la jugada es tan rentable para todas las partes en liza que parece mentira que no se fraguara antes. Por un lado, Grimalt, que ya tiene a su vera a Compromís, aunque a veces sea a trancas y barrancas, aproxima ahora a su causa a otro sector político como es CU. Y deja más aislado al PP, el verdadero enemigo político del alcalde.

Y por otro, la propia Font regresa a su imagen institucional con un cargo cuyo perfil sin embargo es suficientemente bajo como para permitirle seguir ejerciendo la crítica frente al gabinete Grimalt-Carrió a la vez que trabaja en algo que considera su propia criatura.  Y, por cierto, también ella deja -y con bastante satisfacción personal, es de suponer- aislado al PP, cuyo único compañero de viaje ahora en las barricadas es el Ciudadanos de Sergio Benito. Que, dado el asombroso histrionismo de Benito en todo lo que toca, no parece compañía demasiado aconsejable.

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  1. Antonio dice:

    ¿es trigo limpio Josefa Font?

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