Periodismo, pase lo que pase
Publicado: Jueves, 29 Diciembre, 2016

El último del año

OPINIÓN

JULIO MONFORT

El último artículo del año debería ser especial. Como lo es por ejemplo el último beso de un intenso romance, siempre y cuando sepamos de antemano que ahí se acaba la historia, pues de lo contrario igual ni lo recordamos.. Es que a veces hasta cuesta recordar el primero. Cosa de la edad. El año viejo acaba con la cada vez más profunda vergüenza de Alepo y las grandes potencias negociando, si se puede usar ese verbo cuando se habla de vidas humanas, un alto el fuego, cuando lo que deberían haber hecho es negociar para evitar su inicio. Utopías navideñas. El circo político nos sigue entreteniendo. Tras la debacle del PSOE ahora viene la de Podemos, enredados en las pantanosas redes sociales. Y por la comarca, a vueltas siempre con la sanidad, otro conflicto eterno. Lo último es el coste medio de la asistencia por habitantante en La Marina Alta que supone un ojo de la cara con la gestión privada. Pero nada de eso es especial. Al contrario, es tan cotidiano y anodino que puede acabar resultando deprimente. En realidad es lo que pasa en nuestras calles, lo verdaderamente cotidiano y aparentemente nimio, lo que hoy nos resulta especial. Por eso quiero contar, a grandes trazos, la conversación que de forma involuntaria (todavía no me dedico al espionaje) escuché hace un par de días en una cafetería de Barcelona, ciudad en la que suelo estar en estas fechas de honda tradición familiar y consumista (ya no se sabe cuál va primero). De forma resumida, se trataba dos estudiantes de Bellas Artes muy jóvenes, un chico y una chica, unidos sin duda por un vínculo emocional muy fuerte. Se comunicaban con un lenguaje muy culto, algo infrecuente hoy entre veinteañeros. El chico estaba en una crisis anímica de la que tenía miedo no salir jamás, como si su destino ya estuviese escrito siendo tan joven. Se refería con frecuencia a la “ambigüedad de la existencia” y lo único que le satisfacía era pasar tardes enteras en su estudio, entre dibujos y libros. Todo en él, en sus frases, tenían aire de lamento. Pero ella…Ella se desesperaba por abrirle puertas, por hacerle ver un poco más allá de sus propias narices, por lanzarlo a la búsqueda de un cambio en su propio interior y de rayos de luz que a su vez pudiera irradiar hacia los demás (utilizo las palabras que en algún momento ella usó). Sin duda le conocía bien, le quería, y estaba convencida de que ese cambio era posible.

La sesión de oyente, o de espía involuntario de lo cotidiano, fue breve, unos veinte minutos. Al marcharme me dieron ganas de abrazarla, pero me habría tomado por loco. Supongo que ya lo estoy por el mero hecho de haberlo pensado. Abrazarla digo, pese a que lo único que me llegaba de ella era su voz. Pero al abandonar la cafetería tuve la sensación de haber recibido un regalo luminoso. No sé si al chico le sirvió de algo un apoyo tan ferviente, pero a mí sí. Es cierto, la ambigüedad de la existencia por la que nos movemos. Pero allí estaba ella. Y aquí está, gracias a ella, este intrascendente y último artículo del año.

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La Marina Plaza. Noticias. Diario de la Marina Alta.