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Publicado: Martes, 6 Septiembre, 2016

Los paraísos perdidos: El fuego ha calcinado en sólo dos años más de 3.000 hectáreas en la Marina Alta

  • Xàbia vio arrasada en 2014 su parte norte (el cabo de Sant Antoni) y ahora gran parte de su vertiente sur. Las llamas también se han cebado en el Montgó de Dénia y Jesús Pobre, en Benitatxell, en Pego y Les Valls…
  • La pérdida es triple: ecológica, sentimental y turística. La cala de la Granadella ahora devorada por las llamas fue declarada durante dos años seguidos la mejor playa de España
  • El recorte de inversiones y un exceso de carga urbanística han multiplicado las consecuencias de las catástrofes
reportaje histórico

En primer plano, la ladera de Sant Antoni arrasada en 2014. Al fondo, el incendio de estos días en la Granadella.

En sólo dos años, la Marina Alta ha perdido o ha visto seriamente afectadas más de 3.000 hectáreas de su mejor patrimonio, el único que es inmortal: el medioambiental, montes, bosques y acantilados. Para un territorio tan pequeño, esa cifra es de proporciones descomunales. Supone no sólo y en primer lugar un desastre ecológico de primera magnitud, sino también un cataclismo turístico: si algo tiene esta comarca para distinguirse de tantos destinos competidores a lo largo de tanta costa mediterránea es precisamente un paisaje único, singular, una combinación entre monte y mar casi sin parangón. Parte del mismo es lo que se ha perdido.

Tan funesto ciclo comenzó en mayo de 2014, cuando el Montgó sufrió un primer incendio ya muy grave en Jesús Pobre, donde ardieron 90 hectáreas. Después, siguió el terrible fuego de septiembre de aquel mismo año, de nuevo en el parque natural, en este caso en el entorno del cabo de Sant Antoni y La Plana: entre Dénia y Xàbia se perdieron 444 hectáreas. En mayo de 2015, todas las estadísticas se multiplicaron con las 1.715 hectáreas ennegrecidas en Pego y les Valls. Y a ellas se unen las 842 hectáreas que constituyen por el momento el perímetro conocido del incendio acaecido ahora en La Granadella de, otra vez, Xàbia, y en Cumbres del Sol de Benitatxell. O el de Bèrnia de ayer. O el resto de incendios más pequeños que han sufrido otros puntos de la comarca en todo este tiempo.

Las cifras pueden ser frías. Pero hay imágenes que explican su dimensión real. Por ejemplo, la que figura arriba y que plasma de forma tan nítida como terrible la sucesión de desastres sufrida por Xàbia en los últimos años: en primer plano, se puede observar la ladera del cabo de Sant Antoni, calcinada en 2014. Y allá al fondo, al otro lado de su magnífica bahía, el humo que este mismo lunes asolaba otro de sus maravillosos parajes, la Granadella. Fuego por el norte, fuego por el sur. Una tragedia.

Una pérdida triple

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No en balde, la Granadella era un paraíso, un enclave idílico: las llamas han arrasado el último gran espacio donde se podía apreciar en toda su magnitud el bosque del litoral mediterráneo y que contribuía en mucho a que Xàbia concentre una tercera parte de la flora de toda la Comunitat, según el biólogo municipal, Ignasi Ascort. También era un lugar del que los xabiencs se sentían/se sienten orgullosos, que está en los genes de su identidad como población.

Y finalmente, era/¿será? para la localidad un reclamo turístico de primer orden: la cala de la Granadella había sido elegida la mejor playa del Estado en 2012 y 2013, sus aguas cristalinas frecuentan cualquier guía turística del país y era/¿será? visitada por miles de personas cada año. De hecho, Xàbia esperaba con mucha ilusión el próximo viernes 9 de septiembre: ese día el helicóptero de la Vuelta Ciclista a España debía proyectar precisamente toda la belleza de la parte sur de su término durante la decisiva contrarreloj de la prueba hasta Calp. Ahora, lo que se va a ver –si finalmente se celebra el evento– es lo que nadie habría querido: porciones de tierra calcinada.

No obstante, esta triple pérdida –la ecológica, la sentimental y la turística– se ha producido también en el resto de desastres, en el Montgó de Jesús Pobre y Dénia o en Les Valls de Pego. No es para menos: por muy acostumbrado que esté el monte mediterráneo a los incendios, a cualquier territorio le cuesta como mínimo una generación –quince años– recuperarse del voraz paso de las llamas. O para ser más gráficos: el chaval de Vall d’Ebo o de Benitatxell que ahora tiene 10 años no volverá a ver la masa boscosa como era antes de la catástrofe hasta que sea un adulto de 25 ó 30.

A esa triple pérdida hay que añadir otra más prosaica pero también importante: la económica. Las pérdidas por tanto incendio acumulan millones de euros (afinar una cifra concreta es muy difícil) en incontables conceptos: el coste en los servicios de extinción, los daños producidos en las viviendas y en las parcelas calcinadas o las largas y a veces muy controvertidas políticas de regeneración.

Demasiada desidia, demasiado urbanismo

Nunca nadie jamás en ningún enclave del Mediterráneo podrá garantizar que no van a producirse incendios. Otra cosa es plantearse si muchos de ellos pueden evitarse o al menos aminorar sus efectos. Así, la falta de inversión de los últimos años a la hora de mantener los parajes naturales debido en gran parte a los recortes de administraciones como la Generalitat agravó mucho el efecto del fuego tanto en el Montgó como muy especialmente en Les Valls de Pego.

Y a eso hay que añadir que incendios como este último de La Granadella y Cumbres del Sol se han producido en zonas densamente urbanizadas, con una capacidad de carga humana sobrepasada. Los vericuetos de chalés y más chalés en todos esos parajes dificultaron las tareas de extinción y pusieron en riesgo la vida de quienes las protagonizaron.

De cara al futuro, sobre lo que ya está construido poco se puede hacer, más allá de mejorar una y otra vez los planes de evacuación –algo que ya han estado haciendo los ayuntamientos de Dénia o Xàbia–, las campañas de concienciación o la recuperación tanto de la vegetación autóctona como de sus usos forestales o ancestrales tradicionales, como también han planteado en Pego.

Pero sobre lo que no está construido sí se puede intervenir, con planeamientos urbanísticos aún más restrictivos que no incrementen ni un ápice más el hormigón y reserven, tal y como están recomendando expertos de todos los ámbitos, los pocos parajes vírgenes que quedan. Dénia y Xàbia están redactando ahora planes generales que han de ahondar en esa filosofía. Es posiblemente la última oportunidad.

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