LA MARINA PLAZA

Teulada-Morira. Turismo
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Publicado: Domingo, 28 Agosto, 2016

Los guardianes de la reserva marina del cabo de Sant Antoni

  • No tienen un horario fijo. Se dedican a patrullar el mar con su barco parando y advirtiendo a todos aquellos que no cumplen con la normativa especial de la preciada reserva
  • Uno de los problemas a los que se enfrentan es el provocado por la masificación de las visitas a la Cova Tallada, que hace que tengan que actuar en casos de emergencia

Hay un tesoro en nuestra costa que aún es desconocido por muchos de los ciudadanos de nuestra comarca. Menos conocido es por parte de quienes nos visitan en verano. Y es que, no todas las poblaciones costeras pueden gozar de una reserva marina como la que gozamos en Dénia y Xàbia. Se trata de una zona, en todo lo que es la parte sur de la costa dianense, hasta llegar a Xàbia, en que, ni se puede pescar, ni se puede echar el ancla y además se tiene que navegar a menos de 3 nudos de velocidad. Tampoco pueden transitar las motos acuáticas. Proteger esto es tarea difícil, y esa es tarea de dos personas que se pasan días y noches en medio del mar. Son Toni y Lluís, patrón y marinero del servicio de guardacostas.

Lluís Pérez

Lluís, marinero de la embarcación de la Reserva Marina

Ellos son los dos únicos tripulantes de la única embarcación que lleva a cabo los servicios de vigilancia y protección de este paraje natural. Y es el desconocimiento del que hablábamos el que causa una gran parte de los problemas a los que se tienen que enfrentar los dos marineros. El hecho de acoger a tantos turistas, y por otra parte el hecho de que no se han llevado a cabo las suficientes campañas públicas de concienciación sobre la protección de la reserva. Esto es lo que provoca que muchos de los que salen con un barco y van hacia les Rotes no respeten ni la velocidad ni las prohibiciones.

El alquiler de embarcaciones, ese es según el patrón otro de los principales problemas. “Si paras un barco que es de alquiler y adviertes, el problema que tienes es que, la semana siguiente la vuelves a parar y son otros quienes la tripulan”, nos dice. Agradece a las empresas el hecho de intentar concienciar a los clientes. De hecho esta labor es esencial para que se eviten muchos de los problemas, pero asegura que eso es insuficiente porque, al final, “algunos turistas salen y no se leen la carta náutica, y ocurre lo que ya sabemos”.

Toni Martínez

Toni, patrón de la embarcación de la Reserva Marina

Al salir de la bocana del puerto de Dénia, donde tienen su embarcación gracias al amarre que les cede la Marina de Dénia, Lluís se pone a mirar por los prismáticos. Su obligación es parar a los que vayan deprisa, hacerles foto y anotar los datos. Lo mismo con los que estén fondeados y con los que estén pescando dentro de esa zona. La zona, que está delimitada básicamente por la profundidad (20 metros de profundidad es el límite: toda aquella área con menos profundidad a ésta está protegida), recibe inquilinos irrespetuosos todos los días. Como es normal, los dos marineros no pueden proteger la reserva las 24 horas, pues deben descansar. Es por ello que ambos entienden que necesitarían más gente.

El convenio actual estipula que los gastos de este servicio deben ser compartidos entre dos entes públicos. Por una parte el Ayuntamiento de Dénia, que es quien cede la embarcación (gracias a la cesión por parte de los juzgados de una embarcación incautada) así como el patrón de ésta. El consistorio también está obligado a aportar una oficina (ésta se encuentra en el antiguo instituto de detrás del castillo, que ahora acoge los departamentos de Urbanismo y Medio Ambiente). La Generalitat Valenciana, por su parte, está obligada a pagar el combustible y los gastos de esta embarcación y además a aportar un marinero, y pagar su sueldo.

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Ha habido intentos por que otros entes se unieran a este convenio y aportaran medios y personal, sin embargo aún no se ha llegado a buen puerto. También se ha intentado que la Generalitat aumente su colaboración y se haga cargo del gasto de nuevos miembros en el equipo. Esto es algo que ambos guardacostas ven muy necesario, pues les permitiría, por un lado, estar más horas en el mar, vigilando, y por otro lado, llegar más lejos  e incluso vigilar varios puntos a la vez.

No pasan ni veinte minutos cuando nos encontramos con la primera infracción. Un barco que sobrepasa de buen trozo la velocidad permitida. Toni coge el megáfono y ordena el alto. En esta ocasión son franceses. “Los turistas extranjeros son los más difíciles” comenta, por el tema del idioma. Aún así, ambos comentan que “siempre dicen lo mismo: no hablo español; pero una vez que les amenazas con una multa enseguida comienzan a hablarlo”. En este caso uno de ellos sí que lo entiende. Asienten con la cabeza ante lo que les ordenan los dos marineros y reducen la velocidad. Y al poco tiempo otra vez. Y otra. Y otra. Y así toda la mañana parando y exigiendo mediante señas a decenas de embarcaciones que vayan más despacio.

Llega un momento de caos. En una de las paradas, esta vez para pedir que se levante el ancla, se acumulan un total de unas 5 ilegalidades en un radio de menos de 20 metros. Es imposible advertir a todos, y por eso se tienen que apañar con silbidos, gritos y señas con las manos y brazos. La mayoría, eso sí, acaba haciendo caso. A los que están fondeados se les advierte, pero “lo peor es que saben perfectamente que no se puede fondear aunque pongan mil excusas”, dicen ambos guardacostas.

El problema de la pesca furtiva

Pese a la gran cantidad de embarcaciones de recreo que pudimos ver a lo largo de la vigilancia, ninguna de ellas estaba pescando. El problema de la pesca ilegal no viene de los turistas que tiran la caña, pues esos las recogen y ya no lo vuelven a hacer. Viene de parte de los furtivos, que pescan con fusil subacuático y en apnea. A esos se les caza en días malos, con mal tiempo, o en pleno invierno, que es cuando saben que no va a haber nadie en el mar. En los recovecos más escondidos de los acantilados del cabo hay agujeros en la piedra y ganchos de hierro donde estos pescadores amarran sus lanchas para tirarse a buscar meros y otras especies. No se debe confundir a estos con los submarinistas que simplemente están buceando con botella de oxígeno. Éstos, por su parte, tienen permitido practicar esta actividad, siempre y cuando tengan el permiso adecuado que solo pueden pedir a la Consellería de Agricultura y Pesa. Otra de las demandas de los guardacostas de la reserva viene por esto. Al día solo se dan 30 permisos, y Toni está seguro que si se dieran más se podría utilizar la belleza de la reserva para atraer el turismo de submarinismo, tan clásico en otras poblaciones como Xábia. Eso sí, siempre respetando las restricciones de la zona y concienciando a quienes quieran practicar esta actividad en esa zona.

Otra de las acciones que suelen hacer a lo largo del viaje son los rescates. Sin hablar de los de la Cova Tallada, que no aparecen prácticamente en los medios (suelen aparecer los que se hacen mediante helicóptero, pero ellos realizan más evacuaciones mediante el mar que los que se hacen por aire), hay muchas actuaciones de salvamento que se suceden en el mar y en las que Lluís y Toni tienen un papel esencial. Si un barco está averiado lo remolcan a puerto, si hay algún tripulante de una embarcación que está enfermo, con vómitos o cualquier otra complicación, lo suben y lo trasladan a tierra. Esto es algo que hacen habitualmente, muchas veces en todo un verano, y que sin embargo no se conoce.

El día anterior a nuestro tour particular con los guardacostas, tuvieron que rescatar un barco a la deriva. Tenían el motor roto, habían estado muchas horas sin recibir ayuda y los seis tripulantes estaban, la mayoría, mareados. Los remolcaron, y sin embargo eso no salió en los medios. “No lo publicitamos porqué son cosas que pasan cada dos por tres”, asegura Toni. Y no pasa un día sin que ocurra algo parecido. Cuando ya volvía a puerto la embarcación tocó intervenir de urgencia una última vez. En este caso, otro rescate. Finalmente no fue nada grave, pero por prevención se hizo. Se trataba de un bebé de 20 meses que se encontraba con fiebre e iba en el barco de sus padres. Los guardacostas no dudaron en subir al niño y a la madre a bordo y llevarlos más rápidamente a puerto, mientras el padre volvía con su embarcación, más pequeña y lenta.

Además, compaginan todo esto con la colaboración en los estudio del paso de cetáceos. Entre sus colaboraciones destacan las que realizan con algunas universidades españolas como por ejemplo la Universidad de Alicante o la Universidad Politécnica de Valencia, así como con algunas de otras regiones como la Universidad de Alcalá de Henares (de donde procede gran parte del equipo que instaló un micrófono subacuático no hace muchos días). También ayudan al Oceanográfic en el rescate y posterior liberación de animales varados como delfines, rorcuales o tortugas.

Así pasan los días de estos dos “guardianes” que no hacen otra cosa que velar por el buen estado de nuestra reserva. Ésta, es un tesoro del que no tenemos la conciencia suficiente. Mejorar el sistema con más personal para vigilar, pero sobre todo mejorar en educación y en concienciación, tanto a los que somos de aquí como a los turistas que vienen por unos días.

El caso aparte de la Cova Tallada

Como decíamos, hay veces en que los guardacostas se ven obligados a hacer rescates. Cualquiera pensará que estos rescates son solo en el mar. Pues bien, aparte de estos, que son muchos, también hay algunos en que se ven obligados a pisar tierra. Y eso ocurre, sobretodo, en la Cova Tallada que, hoy en día, está en boca de muchos por la necesidad de regular su uso así como los accesos.

Si hay un punto en el litoral de las localidades de Dénia y Xàbia ese es la Cova Tallada. Esta se ha puesto de moda tras el auge de las empresas que organizan tours en kayak. También ha colaborado el hecho de que en páginas webs de turismo se haya promovido este lugar como punto de interés en la comarca. Así pues, lo que se ve desde el mar al pasar por esta zona es un fila de más de 30 o 40 personas que buscan el acceso a pie, jugándose la integridad física. También se ve el gran número de piraguas que llegan sin parar desde la playa de El Fresquito.

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Se acumula un gran número de gente y además los barcos se acercan más de lo que toca. Los que van nadando por el canal de acceso reciben palazos involuntarios de los que reman, y los que bajan por la entrada a pie corren el peligro de caerse o de marearse e incluso perder la conciencia debido al calor. “Es algo que pasa muy a menudo y eso nos obliga a actuar, acercándonos lo máximo posible y subiendo a bordo a aquellos que han tenido algún problema”, nos dicen los marineros.

Desde el servicio de guardacostas de la Reserva han estudiado una forma de mejorar este problema. Se trata de regular cuándo se puede y cuándo no se puede acceder, pues hasta el momento, y sobretodo los kayaks, visitan la cueva aun con mal tiempo. “Cuando llegan las piraguas y hay oleaje es muy peligroso, y hemos tenido que decirles alguna vez que no vayan para no tener ningún problema”, aseguran. La propuesta es la de utilizar un sistema de banderas como el que se utiliza en las playas. Así se usaría el color verde en señal de acceso seguro, el amarillo en señal de precaución y el rojo para avisar de que está prohibido el acceso por mar. Por tierra, la senda es peligrosa y la gente no va preparada, pues van con neveras, e incluso con chanclas, y por eso otros han pedido la regulación de la llegada por este medio.

Este es, pues, otro de los problemas a los que los guardacostas de la reserva marina del cabo de Sant Antoni se tienen que enfrentar, pues igual de importante es la preservación del paisaje como la seguridad de los ciudadanos.

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